domingo, 17 de mayo de 2009

ENTREVISTA Álvaro Uribe

"La violencia lo hace a uno angustiado"

GABRIELA CAÑAS 17/05/2009

 
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El presidende de Colombia es el líder mejor valorado de América Latina, pero también uno de los más criticados. Él se confiesa angustiado, a pesar de que su guerra contra la violencia ha dado frutos.

La plaza de la Lealtad de Madrid está tomada por la policía. Es martes, 28 de abril. Varios furgones ocupan la puerta del hotel Ritz, y dentro, un ejército de guardaespaldas controla cualquier movimiento después de haber registrado con ayuda de un escáner a todos los convocados al almuerzo que se celebra en el interior. El espectacular dispositivo de seguridad se debe a que el invitado de honor es el presidente de Colombia, Álvaro Uribe.

Han acudido 600 comensales cuyas mesas han ocupado todos los salones del lujoso hotel, incluido el patio central. Pocos eventos del Fórum Nueva Economía son tan multitudinarios. A las cuatro y media de la tarde, los asistentes empiezan a abandonar el hotel cargando con bolsas publicitarias que exhiben un lema llamativo: "Colombia. El peligro es que quieras quedarte". La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha cerrado el almuerzo con un brindis por Colombia y después han desfilado hacia la calle varios pesos pesados del PP, así como prohombres de la empresa y el periodismo español.

Álvaro Uribe ha aterrizado esta misma mañana en Madrid, a las diez (tres de la madrugada en Bogotá), y su agenda está cargada de encuentros políticos y económicos. Es el presidente de América Latina mejor valorado por su ciudadanía, una popularidad que sólo le disputa a veces el presidente de Brasil. El año pasado, tras abatir el ejército al número dos de las FARC, Raúl Reyes, y liberar en una espectacular operación a la candidata presidencial Ingrid Betancourt (junto a otros 14 rehenes), Álvaro Uribe terminó con un índice histórico de popularidad del 84%, a pesar de haber cumplido ya seis años de mandato.

Todos quieren fotografiarse con él en la escalinata del Ritz. La cita de El País Semanalcon el presidente colombiano tenía que haberse iniciado hace ya veinte minutos. Finalmente, Uribe camina hacia su suite, y el cordón de seguridad me deja pasar para intentar realizar una entrevista pedida en julio del año pasado, justo después de la catarsis colectiva que supuso la liberación de Betancourt.

En la puerta de la lujosa habitación, más guardaespaldas velan por la seguridad del líder de un país que es el primer productor de coca del mundo y que hace seis años registraba 28.000 asesinatos anuales y el 65% de los secuestros de todo el mundo. Es un presidente que ha sufrido 20 atentados y cuyo padre fue asesinado por guerrilleros de las FARC, ahora tan diezmadas por la persecución sin cuartel a la que las ha sometido. Estados Unidos, con su apoyo militar y tecnológico, ha sido esencial.

A las cinco de la tarde, su portavoz César Mauricio Velásquez me hace pasar al hall de las estancias presidenciales, urgiéndome a aprovechar el poco tiempo disponible. Entramos en el luminoso salón de la suite y allí está Álvaro Uribe, sentado en una de las butacas, enfrascado en su BlackBerry. A su lado, de pie, su ministro de Exteriores, Jaime Bermúdez, y el embajador en España, Carlos Rodado Noriega. Le digo en broma que usa el mismo móvil que Barack Obama, pero Velásquez sale al quite: "Sí, pero él empezó antes". Uribe se ha puesto de pie y se cambia de sitio para sentarse a mi lado, tras explicarse sobre su atención hacia el móvil, que seguirá consultando de vez en cuando durante el encuentro: "Entran mensajes a todas horas y, como en las reuniones no la utilizo, en los intervalos tengo que ponerme al día...".

No hay en él un solo indicio de cansancio, lo que casa con su fama de trabajador infatigable. Pero sí parece dispuesto a abandonar la etiqueta tras dos horas y media de almuerzo oficial, así que, además de revisar el móvil, se come de vez en cuando una uva que arranca del frutero que reposa sobre la mesa, se recuesta en el asiento a ratos y otras veces acerca su cara a la mía para seguir hablando. En definitiva, no para de agitarse en el asiento. Levanta la voz, casi grita, cuando tocamos los asuntos que ensombrecen su mandato, pero mantiene la corrección propia de un hombre de su formación. La impresión es que tiene demasiadas cosas en las que ocuparse como para estar aquí concentrado en una entrevista, y que, además, le sobra capacidad para andar y mascar chicle al mismo tiempo.

Sé que la pregunta es muy obvia, pero no puedo dejar de interrogarle sobre su posible reelección para un tercer mandato. ¿El hecho de que se vaya a convocar un referéndum significa que tiene ya la decisión tomada? [César Mauricio Velásquez hace un ostensible gesto de disgusto ante la cuestión, pero Uribe no se inmuta y empieza a hablar con ese tono un tanto grandilocuente y teatral que le acompaña]. Colombia es un país que sufrió 60 años de violencia; una violencia que incrementó sustancialmente la pobreza, que disminuyó la tasa de inversión y que aumentó explosivamente el desempleo. Estamos erradicando esa violencia que tanto daño ha hecho a Colombia, pero falta un trecho. Por eso, mi única campaña es por la prolongación en el tiempo de la seguridad con valores democráticos. Colombia tiene muy buenos líderes. En nuestra coalición hay gente muy buena, y mi interés es prolongar estas políticas, sin prejuicio de los ajustes que deban hacerse. Pero pertenezco a una generación que no ha vivido un día completo de paz; que vio cómo creció la población colombiana sin que lo hiciera en la misma forma la economía; que asistió al empobrecimiento del país. Quisiera para las nuevas generaciones que estas políticas que empezaron a implementarse en 2002 puedan prolongarse.

Todo parece indicar que esa política puede prolongarse, con usted o sin usted, pues los datos demuestran mejoras evidentes en Colombia en el ámbito social, en el económico y, sobre todo, en el de la seguridad. Pero falta mucho. Todos los días la vida pública en un país como Colombia es una sucesión de muchos esfuerzos y pequeños resultados. Y como mil esfuerzos dan un resultado, una vez conseguido hay que emprender otros mil esfuerzos.

Es terrible lo que dice de que la suya es una generación que no ha visto un solo día sin violencia. Que ha vivido sin paz.

Usted nació en Medellín, cuna de escritores, pero ciudad también muy castigada por la violencia. ¿Cómo le marcó esa circunstancia? Lo vuelve a uno muy angustiado por lo que habrán de vivir las nuevas generaciones. La marca que me ha dejado es la preocupación por el futuro de las nuevas generaciones de Colombia.

¿Y el hecho de que su padre muriera a manos de las FARC es un acicate para usted o es ya parte del pasado? ¡Un dolor enorme! Esos martirios nunca se superan, y ese mismo dolor lo han sufrido miles de familias colombianas. El 50% de las familias colombianas han tenido estas circunstancias de dolor, de pena. Por eso, lo que hay que hacer es superar esos fenómenos para que las nuevas generaciones no los tengan que vivir.

Por tanto, para usted quizá ha sido un estímulo para dedicarse a la política, una profesión arriesgada en Colombia. Ha sufrido una veintena de atentados. Unamuno, pensador tan importante de ustedes, decía que el fuego que derrite la manteca templa el acero.

Le confieso que desconocía la cita, y el ministro de Exteriores sonríe desde su rincón. La frase, tan abrupta, ha generado un instante de silencio y reflexión en la salita, y Uribe parece complacido por ello.

Supongo, sin embargo, que de vez en cuando tendrá tentaciones de dejar la política, lo que quizá estén deseando en su familia. Mi carrera pública ha sido un motivo de constante preocupación y angustia para mi familia. Indudablemente. Como para muchas familias de Colombia. La carrera pública de sus seres queridos ha sido motivo de mucha angustia. Esto no es problema de afectación individual. Es un problema que ha maltratado al colectivo colombiano.

Para preparar esta entrevista hablé con colombianos conocedores de la política de su país. A uno de ellos le resultó hilarante preguntar al presidente si la muerte de su padre le había marcado. "En Colombia, todo el mundo ha tenido un pariente asesinado. Eso no le hace a Uribe diferente".

¿Le preocupa que la violencia esté demasiado aceptada en la sociedad colombiana? Eso no es de la sociedad colombiana. Eso fue el estado de ánimo que el liderazgo del país creó. Como no se enfrentaba a la violencia, la ciudadanía se sentía indefensa. Entonces no se advertía una reacción ciudadana contra la violencia. No porque la ciudadanía no la sintiera, sino porque el liderazgo no la orientaba.

De modo que no era o no es insensibilidad, sino el miedo lógico. Es un problema de liderazgo. Cuando la ciudadanía está inmersa en esos problemas se necesitan liderazgos que le ayuden a reaccionar. Podríamos decir que en Colombia, en el pasado, un secuestro más o un secuestro menos no importaban. Yo diría que eso es una percepción inexacta. Lo que pasa es que la ciudadanía no se pronunciaba en la debida forma porque no había un liderazgo que la orientara. Pero eso ha cambiado en Colombia.

¿Es verdad que a los cinco años ya quería ser presidente? Eso son fábulas, leyendas que se tejen. He estado siempre en la vida política. Yo creo que cometí un error y fue el de interesarme por la política aun sin tener uso de razón. Pero lo que a eso se le agregue es leyenda.

¿Y por qué se interesó por la política tan pronto? [Se come otra uva antes de contestar]. En Colombia siempre ha habido participación de mis antepasados en la vida cívica, más que todo, circunscritos a mi región. Después de la violencia entre los partidos, Colombia hizo un Frente Nacional. Lo pactó en el año 57. Empezó a aplicarlo en el año 58 y se celebró un plebiscito, que además de adoptar los acuerdos también reconocía los derechos políticos de la mujer. Mi madre fue en nuestra región líder de ese proceso. Yo había nacido en 1952, el 4 de julio, y de la mano de ella recorrí muchos sitios en su campaña. Ella fue de las primeras mujeres en ser elegida concejal, e inmediatamente, presidente de ese concejo. Ahí tiene narrado algún recuerdo de la primera infancia.

Usted, desde el principio, declaró la guerra al terrorismo de su país y modificó el lenguaje, negándoles la coartada romántica revolucionaria.Sí, porque Colombia ha tenido una democracia operativa, seria y continua y no se puede admitir esta violencia, que además tiene su soporte financiero en el narcotráfico. Una violencia contra la democracia es terrorismo, como lo definen las legislaciones europeas. En América Latina hubo guerrillas contra dictaduras que se legitimaron al denominarlas insurgentes. Insurgencias. En Colombia lo que hemos tenido es un terrorismo narcotraficante contra la democracia.

Y como decía en el almuerzo de hace un rato es el terrorismo más rico del mundo. Claro, algunas guerrillas de América Latina hicieron la paz en el momento en que dejaron de recibir contribuciones de ONG de Europa occidental. Los grupos terroristas de Colombia no han necesitado esas contribuciones porque tienen el negocio del narcotráfico. De ahí la urgencia colombiana de erradicar el narcotráfico. A mí me preocupan los niveles de consumo de Europa. Pienso que Europa va a tener que revisar la política contra el consumo. Creo que es un error en la apreciación política y científica de algunos, al considerar excluyentes la declaración de ilegalidad del consumo con las políticas públicas de prevención y rehabilitación. No son excluyentes. En este momento estamos en una reforma de la Constitución para declarar el consumo ilegal. En un país como Colombia, que tanto ha sufrido, que lucha todos los días contra los cultivos, contra los precursores químicos, contra los laboratorios de droga, contra el tráfico y contra la riqueza ilícita, se llega a la conclusión de que esa lucha puede ser estéril si se mantiene la permisividad sobre el consumo que también hay en Colombia. La mayoría de los países son muy permisivos con la dosis personal. En Colombia usted captura a un narcotraficante y lo tiene que poner en la calle porque la cantidad de droga que lleva en ese momento es una cantidad que se ajusta a la dosis personal, que no está penalizada.

La lucha contra la droga y el antiterrorismo ha sido una constante en Álvaro Uribe. A veces, incluso, con propuestas arriesgadas, como cuando pidió en enero de 2003 a Estados Unidos que realizara un despliegue militar similar al que planeaba para Irak porque en Colombia era donde estaba la auténtica amenaza terrorista. Algunos resultados de su mandato son espectaculares. Desde que Uribe accediera al poder en agosto de 2002, la economía y la inversión extranjera van viento en popa, se han reducido la pobreza (del 56% al 45% en los primeros cuatro años) y el paro (del 20% al 10%), 30.000 paramilitares están en programas de reinserción, según las cifras oficiales, y las FARC han quedado diezmadas, pasando de 20.000 efectivos a 10.000. Las capturas de narcotraficantes son permanentes, y Bogotá es hoy la capital más segura de América Latina, una afirmación que corroboran incluso los más críticos del uribismo, que añaden inmediatamente que Colombia no es sólo Bogotá. El número de homicidios se ha reducido un 40% y el de secuestros, un 80%.

Pero ni tales datos ni su alta popularidad le libran de las sospechas, del escándalo y de las acusaciones más duras. El premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel ha dicho que Uribe no se merece el mismo galardón porque es un guerrero "al que no le interesa la paz" y "fomenta la guerra y los conflictos". Veintidós parlamentarios uribistas están imputados por el escándalo de la parapolítica (supuestas connivencias entre los políticos y los capos paramilitares). Muchos consideran que la desmovilización de paramilitares se hizo a costa del perdón, sin exigirles cuentas ni compensar a las víctimas. Al ejército colombiano se le acusa de realizar "ejecuciones extrajudiciales", consistentes en abatir supuestamente a inocentes que hacen pasar por terroristas para engrosar el número de capturas, pervirtiendo la finalidad de la política de incentivos puesta en marcha por Uribe. El último escándalo es el del espionaje desde los servicios de inteligencia, el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), a políticos, jueces y periodistas. Una treintena de funcionarios han sido destituidos por ello.

Las organizaciones de derechos humanos denuncian constantemente a Colombia y, aunque Uribe siempre ha logrado salir indemne, claman contra él y su política de seguridad. Según el último informe de la agencia de la ONU ACNUR, se han recuperado dos millones de hectáreas para los desplazados, y el Gobierno está haciendo esfuerzos, pero el número de éstos sigue siendo enorme (hay 800.000 identificados). Otra agencia de la ONU, la UNODC, ha detectado, además, un aumento de los cultivos de coca a partir de 2006, si bien los niveles siguen estando muy por debajo de los registrados en los años noventa. Los demócratas de Estados Unidos, ahora en el poder, rechazan un Tratado de Libre Comercio con Colombia por la muerte de sindicalistas colombianos del campo. Comisiones Obreras de España ha clamado contra el Premio Cortes de Cádiz a la libertad, recientemente otorgado a Uribe, porque "tres de cada cuatro sindicalistas asesinados en el mundo son de Colombia".

Frente a todo ello, Uribe es implacable y desafiante. A las acusaciones más graves, el presidente colombiano responde con réplicas de parecido calibre, y a alguno de los periodistas que le ha planteado cuestiones espinosas lo ha descalificado. A un reportero de Newsweek, en 2002, le acusó de repetir calumnias contra él y cortó abruptamente la entrevista.

Quizá el problema más importante que persiste en Colombia es el de la corrupción. No sé si usted opina de la misma manera. El escándalo de la parapolítica, ahora el espionaje a los políticos... [Interrumpe]. Empiezo por lo general. Creo que hay una gran conciencia en el país para derrotar la corrupción. Por ejemplo, en materia de contratación. Nuestro Gobierno ha introducido una legislación que le da todas las instancias de participación a la opinión pública. Usted no puede ahora en Colombia adjudicar un contrato sin una audiencia de participación de opinión. Nuestro Gobierno ha estimulado la capacidad de denuncia, la confianza de los colombianos en denunciar. Eso facilita la lucha contra la corrupción y la lucha por la transparencia. Se ha desmontado el paramilitarismo. ¿Quién iba a pensar hace unos pocos años que 13 o 14 jefes paramilitares de la mayor importancia estuvieran en cárceles en Estados Unidos extraditados? En Colombia se avanza en una política muy ambiciosa para confiscar la riqueza adquirida ilícitamente. Claro, hay debate todos los días y acusaciones todos los días.

Sí, la crispación política en Colombia es tremenda. Yo diría que Colombia tiene hoy más debate político que confrontación social, y ése es un motivo de orgullo para nuestro Gobierno, que, enfrentando el mayor desafío terrorista, se le ha dado garantías al debate político. Muchos opositores (a mis tesis) que se habían ido al extranjero hoy están viviendo en el país con comodidades, protegidos por la seguridad democrática de nuestro Gobierno y ejerciendo plenamente sus libertades.

Pero hay problemas, como las ejecuciones extrajudiciales, que pueden parecer efectos colaterales de una política que probablemente necesita ajustes. ¿Qué hacer contra ello? [Levanta muchísimo la voz]. Las personas responsables de esos delitos están en la cárcel. A las fuerzas armadas de Colombia este Gobierno les ha exigido desde el primer momento credibilidad, que es lo único que le da sostenibilidad a una política de seguridad ante la opinión pública, y Colombia es una democracia de opinión. Y esa credibilidad debe reposar en dos principios: la eficacia y la transparencia. Y así como le damos todo el cariño a las fuerzas armadas, también por su prestigio y buen nombre tenemos toda la severidad. Cuando alguno de sus miembros comete una violación de los derechos humanos... Pero, mire [grita aún más], esas violaciones se castigan y los responsables van a la cárcel. Y le voy a decir al periódico EL PAÍS de España algo que no se le ha dicho a la comunidad internacional: la inmensa mayoría de las denuncias no han tenido soporte. Para tratar de mantenerse en la impunidad, el terrorismo acusa a las fuerzas militares y de policía de ejecuciones extrajudiciales. Cada ocasión en que las fuerzas abaten a un terrorista se denuncia una ejecución extrajudicial. El Gobierno y la justicia sancionan los casos que tienen soporte. Este Gobierno ha hecho los movimientos más importantes para trasladar competencias de la justicia militar a la ordinaria. Pero también el presidente de la República está obligado a denunciar cómo la gran mayoría de esos casos carecen de soporte y está obligado a decir cómo muchas personas amigas del terrorismo defienden el terrorismo acusando a las fuerzas armadas de violación de derechos humanos.

En noviembre pasado, de hecho, hubo una purga en el ejército de 27 oficiales y suboficiales. Permanentemente. Eso se remonta al principio del Gobierno y hay una constante en mi Administración: apoyo a las fuerzas armadas y rigurosidad para que sean transparentes.

La cinta del magnetofón de César Mauricio Velásquez se detiene emitiendo un ruido sordo. Llevamos sólo 22 minutos hablando, pero el portavoz da por terminada la entrevista. Andan muy mal de tiempo, abunda el canciller. Les digo que aún no he planteado ni la mitad de mis preguntas. De hecho, habíamos acordado 50 minutos de conversación. Uribe intercede: "Hágame una preguntica última, a ver, querida".

Tenía tantas que hacerle... Dígame al menos cómo van las relaciones con la Administración de Obama. Las ejecuciones extrajudiciales y la violación de derechos humanos tienen una gran trascendencia en sus relaciones con Washington. Lo grave sería que Colombia no tuviera capacidad de denunciar, y la capacidad de denunciar la han recuperado los colombianos gracias a la seguridad. Lo grave sería que Colombia no tuviera capacidad de castigar. Lo grave sería que Colombia no tuviera capacidad de enfrentar a los terroristas, y está demostrando toda su capacidad de enfrentarlos. Con el nuevo Gobierno de EE UU hay las mejores relaciones y hemos recibido todas las manifestaciones de seguir trabajando conjuntamente, porque EE UU nos ha dado un apoyo práctico que agradecemos en la lucha contra el terrorismo. [Se pone de pie para despedirse].

Usted ya ha tenido una reunión primera con Obama. Y con muchos integrantes de su Gobierno. Estados Unidos ha tenido una vieja alianza con Colombia que los colombianos valoramos mucho.

Recogiendo mis cosas y antes de que me acompañen a la puerta con prisas y sonrisas, le digo que hay quien lo define como trabajador tenaz, aunque también terco, lo que es más peyorativo. Y entonces regala a la audiencia un último guiño: "Yo no tengo sino dos cualidades: amo a mi patria y soy perseverante. Queda autorizada para que en lugar de perseverante, por su cuenta, escriba terco".

¿A caballo hacia un tercer mandato?

Álvaro Uribe es hijo de un terrateniente de Antioquia y una concejal comprometida con los derechos de las mujeres. Primogénito de cinco hermanos, estudió Derecho y es diplomado en Administración y Gerencia por Harvard y Oxford, pero se dedicó a la política siendo aún muy joven. Logró ser senador por el Partido Liberal y gobernador del departamento de Antioquia. Las victorias electorales y las acusaciones contra él son constantes en su trayectoria política. Ya en los primeros años de su carrera se le señaló por presuntas connivencias con los paramilitares. A pesar de las múltiples acusaciones de que ha sido objeto, ganó como independiente las elecciones presidenciales de 2002 en primera vuelta con el 53,1% de los votos y barrió en 2006 con el 60%. Es el primer presidente de Colombia que repite mandato, y aún nadie descarta que se presente a un tercero el próximo año. La llamada �seguridad democrática� es su bandera. Sobre la violencia que sufre su país proclamó al principio: �Esto no es un conflicto. Son 40 años de tortura de unos terroristas�.Es un hábil jinete, capaz de montar a caballo con una taza de café en la mano y no derramar ni una gota. Es un hombre muy religioso, madrugador, infatigable y tenaz, además de poseer una memoria portentosa. Tiene en la cabeza todas las estadísticas de su país. Respaldo al ejército. Álvaro Uribe ha reforzado las capacidades operativas del ejército colombiano. En la foto, a caballo el Día de las Fuerzas Armadas en una escuela militar de Bogotá.

¿No deberíamos cantarle a la esperanza del alba?

domingo, 12 de abril de 2009

Cuba, 50 años de decepción


Cuba, 50 años de decepción

Dicen que el hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras: “El poder no me interesa, ni pienso ocuparlo, velaré sólo porque no se frustre el sacrificio de tantos compatriotas, sea cual fuere mi destino posterior. Ahora hablará el que quiera, bien o mal, pero hablará el que quiera. Habrá libertad para que nos critiquen y nos ataquen, siempre será un placer hablar cuando nos combaten con la libertad que hemos ayudado a conquistar para todos. Nunca los ofenderemos, siempre nos defenderemos y seguiremos sólo una norma, la norma del respeto al derecho y a los pensamientos de los demás”.

El extracto, como imaginarán, pertenece a un discurso de Fidel Castro en el año del triunfo de la revolución que provocó la huida del dictador Fulgencio Batista. Una revolución que tuvo su primer capítulo con el ataque al destacamento militar de Moncada el 26 de julio de 1953 que acabó como un fracaso militar y con Fidel Castro en prisión. Durante el juicio, en su alegato de defensa, Castro ya utilizaba las palabras como un arma: pintó una Cuba que le dolía en sus entrañas. Denunció la humillante opresión política, las mejores tierras productivas en manos extranjeras, la tragedia de la vivienda, el sistema de enseñanza al que acudían niños descalzos y desnutridos para finalmente concluir: “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, pero no le temo. Condénenme, la historia me absolverá”. Fue condenado a 15 años de prisión, aunque en 1955 fue liberado por una amnistía y abandonó Cuba hacia el exilio. Regresó a la isla en 1956 en un desembarco sangriento al que sólo sobrevivieron viente hombres. 26 meses después, Fidel Castro lograba derrocar una dictadura de siete años instalando otra que duraría 50. La seductora promesa de igualdad se logró en el sentido inverso al esperado. Se ha nivelado para abajo proveyendo un acceso garantizado a la pobreza, al aislamiento y la reclusión.

Hoy, Cuba muestra más de un 50% de sus tierras improductivas, mientras importa más del 80% de los alimentos que se consumen. Posee el déficit de vivienda más grave de la historia, un índice demográfico negativo, salarios de 10 dólares, escasez de productos de primera necesidad y un mercado negro creciente que favorece la corrupción y el abuso. La prostitución, que hoy incluye a un alarmante número de menores de edad, alcanza niveles superiores a los de la época de Batista. La Administración de Fidel Castro parece no haber comprendido que el mundo entró, hace ya más de dos décadas, en la era del conocimiento.

La propaganda oficial ha pretendido instalar una imagen de excelencia en los sectores de educación y salud. Falso. Un país aislado, en la era de la globalización del conocimiento, no puede educar con niveles de excelencia. La mayoría de los médicos diplomados en Cuba que hoy emigran a Estados Unidos no logran pasar sus exámenes de validación de títulos dada la pobreza de su formación académica. El sistema de salud de la isla no escapa a la crisis terminal que sufre toda la infraestructura de sus servicios públicos. La promesa de Castro sobre la Libertad en todas sus formas parece, hoy, una burla. La posibilidad de hablar, opinar, escribir y hasta leer sin ser castigado es la verdadera utopía actual.

Las detenciones ilegales por portación de ideas contrarias al régimen, las condiciones infrahumanas en las cárceles, y la humillación que representa el ya tristemente célebre “permiso de salida” son sólo muestras de un modelo que es visto en el mundo como una curiosidad arqueológica más que como una alternativa política, con la excepción de algunos nostálgicos presidentes latinoamericanos que todavía visualizan en ese modelo la oportunidad de satisfacer sus expectativas de poder perpetuo.

La suma de muchos pobres nunca hace un rico. Sólo genera muchos pobres. El régimen de Fidel Castro finalmente lo ha logrado: hoy Cuba prácticamente no tiene diferencias sociales. Todos han alcanzado el nivel de pobreza suficiente que la revolución podía proveer. La generación hija de la revolución, la que hoy promedia los 40 años y que debiera ser su motor dirigente, es una generación perdida. Condenada al aislamiento internacional y vedada de toda posibilidad de participación. El exilio ha sido el verdadero sueño en el horizonte cotidiano de la juventud cubana.

Mientras China, su “socio ideológico”, envía a sus jóvenes a formarse en las universidades más prestigiosas del planeta con la obligación de regresar a su país y contribuir a un sistema de transferencia de conocimientos, el régimen cubano mantiene presos a sus jóvenes dentro de una isla donde el contacto con la información exterior es prácticamente nulo. Todavía el clan Castro construye su discurso con una terminología perimida y nostálgica, mientras el comunismo vietnamita desde el 1978 enfrenta profundos procesos de evolución y declara que la economía mercantil no es un atributo exclusivo del capitalismo, sino una conquista de la humanidad, proclamando el fin de la mercadofobia.

El régimen castrista en Cuba ha sobrevivido aislamientos, complots y crisis de toda especie: la invasión ordenada por el dominicano Rafael Trujillo en agosto del 59; Bahía de Cochinos en 1961; la expulsión de la OEA en 1962; la crisis de los misiles en ese mismo año, el embargo impuesto por Estados Unidos y el desplome en 1991 de la Unión Soviética. Pero si se observa con detenimiento el deterioro profundo en todos los ámbitos de la isla, podría concluirse en que su talón de Aquiles radica en la imposibilidad de sobrevivirse a sí misma. Después de todo, como decía Borges, el peor de los infiernos, siempre, es uno mismo.

Hasta la próxima,
Alex Gasquet

domingo, 1 de febrero de 2009

"Siento que el oficio se está acabando MAESTROS DEL PERIODISMO Alma Guillermoprieto Reportera

Lo que hace a un buen reportero, decía Ben Bradlee, es la energía. Alma Guillermoprieto (reportera, mexicana, de 59 años) trabajó con él, y responde de las cabezas a los pies a esa exigencia. Enérgica y latinoamericana. Escribe para The New Yorker, para National Geographic, para The New York Review of Books, estuvo en la plantilla del Washington Post, y es una reportera que ahora forma parte de la Fundación Nuevo Periodismo que fundó Gabriel García Márquez. El libro Al pie de un volcán te escribo (Plaza y Janés, ahora casi inencontrable) es una suma de algunos de sus mejores reportajes, y es una joya en cuyo caleidoscopio se ve al milímetro el drama de América Latina, su país. Cuando la vimos, en Guadalajara, México, estaba sentada con unos alumnos de periodismo a los que les contaba su experiencia, en la cátedra Julio Cortázar que presiden Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Y luego estuvo con Gabo platicando sobre periodismo y hablando de este oficio ante un grupo amplísimo de personas que la escucharon contar, precisamente, la raíz de su pasión por el periodismo y por América. Ese libro (y otros, Los años en que no fuimos felices, Samba) recoge no sólo su pasión, sino su forma de convertir en metáfora el dolor que ha visto; ahora ha publicado, también, Las guerras en Colombia, y de esa experiencia, que ella siempre vive en primera persona, nació una frase que es como el emblema de su manera de aparecer ante la realidad: "Hoy hace guerrilla, mañana tempestad". Ha dicho que ese reporterismo suyo, en concreto el de las guerras, le ha permitido acercarse a "La muerte como forma de vida", un asunto que la tuvo metida hasta el cuello en un drama que también era "una vida dichosa atravesada de ráfagas de sufrimiento y de rabia". Una periodista. A los chicos que le escuchaban en la cátedra Cortázar les pidió lo mismo que a los que la escucharon de noche: curiosidad, no quedarse con la primera impresión. Nosotros hablamos con esta mujer pausada y fibrosa después de la clase con los que quisieran imitarla.

Pregunta. ¿Qué les ha enseñado a los chicos?

Respuesta. Nada. Les puse a leer sus propios textos, y a criticarse. Como para dejarles con la idea de que el periodismo en comunidad con los lectores, pero también entre ellos mismos. No hay nada más sabroso que juntarse en una cantina un jueves por la tarde una vez al mes a comentar todos los textos de la semana. Eso es un taller. Un taller mío, por lo menos.

P. ¿Qué tendríamos que hacer los periodistas que no estuviéramos haciendo?

R. Reportear. Y en América Latina y en Estados Unidos tenemos el lavado del narcotráfico como gran tema pendiente. He estado viendo The Wire, esta fantástica serie de televisión, y ahí se dice: "Cuando tú, como policías, sigues el hilo de la droga, encuentras droga. Pero cuando investigas sobre el lavado de dinero no sabes a quién vas a descubrir. Y por eso ese trabajo no se hace". Porque a lo mejor das con un secretario de Estado, con el jefe de la basura municipal. Así que en esta guerra absurda contra las drogas no se hace el trabajo más difícil y necesario...

P. ¿Por qué?

R. Porque hay demasiados intereses involucrados. El narcotráfico es un gran negocio para mucha gente: para quien cultivas las drogas, para quien reparte las drogas, para quien reparte las drogas, para quien persigue las drogas... Es un enorme negocio. Reciben enormes presupuestos del Estado cada año los policías, la policía investigativa, los jefes de seguridad... A ninguno de los participantes les interesa mucho que acabe el narcotráfico.

P. Pero, un oficio que fue capaz de acabar con el presidente de Estados Unidos, ¿cómo se para ante eso?

R. El presidente era uno solo, y era muy poco popular.

P. Y no tenía dinero.

R. Y no tenía dinero. El narcotráfico es una red que ya abarca toda Europa, todo Estados Unidos, toda América Latina, una buena parte del sureste asiático, y ahora también incluye ciertos países de África... Hay una imagen que se utiliza mucho para demostrar la inutilidad de la guerra contra las drogas. La usan, por ejemplo, los agentes de la DEA [el departamento anti estupefacientes de Estados Unidos] que después de veinte años en la lucha acaban decepcionados y dicen que combatir el narcotráfico es como pellizcar un globo de helio por un lado. En seguida acaba el chipote por otro: acabas con el narcotráfico en Bolivia y aparece en Perú. Lo persigues en Perú y aparece en Colombia, y así sucesivamente. Pero la imagen del globo es casi criminalmente incorrecta: la guerra contra las drogas, que es consecuencia de una política de criminalización de la producción y el consumo de narcóticos, produce una especie de sida. Es contagiosa, pasa de un órgano vital a otro, de un cuerpo o país al otro, deja devastación y muerte por donde pasa, y el virus del HIV no se elimina nunca del torrente sanguíneo. Una vez que un país aprende a traficar drogas, quedarán siempre en estado de latencia las redes para traficar armas, mujeres, lo que sea...

P. Una red gigantesca...

R. Y no es fácil investigarla. Pero aparte de que no es fácil, si te vas por ahí persiguiendo hilitos como hicieron Bob Woodward y Carl Bernstein... Persiguiendo un solo hilito fueron a dar con una persona, Nixon... Imagínate cuánta gente tendría que investigar cuántos hilitos para llegar a desenmarañar toda una red mundial...

P. ¿Se atrevería usted?

R. Yo sí me atrevería, pero ese trabajo se hace en equipo, a largo plazo, y con el respaldo absoluto de un medio. Pero, además, no cualquiera puede ser reportera investigativa. Los reporteros investigativos tienen cerebros muy raros.

P. ¿Cómo es ese cerebro?

R. No piensan como lo hacemos los demás. Hay una curva: mientras mejor es un reportero como investigador, peor escribe. Eso es un problema, siempre tienes que poner en el equipo a un reportero investigativo con uno que sepa escribir... Pero son pocos los que tienen esa mente capaz de juntar pedacito con pedacito y no pensar en otras cosas... Como son escasos...

P. Ben Bradlee decía que un reportero necesita energía, "la historia le lleva y es parte de su alma; mientras no la termina no ha acabado". Y Woodward dice que los buenos reporteros no dejan que la velocidad o la impaciencia les rompa una historia.

R. Eso es universalmente válido... Ahora estábamos hablando el taller de la necesidad de ser persistentes a pesar de tener encima la hora de entrega... Aunque yo tengo el lujo de no tener que preocuparme de una hora de entrega todos los días. Siempre hay que perseguir la historia hasta el final de su ciclo, no hasta el final de la historia, puesto que las historias nunca terminan, pero hasta el final de ese ciclo de reportería. Por otro lado, a los que tenemos nuestra edad ya nos resulta difícil mantener esa energía, ese amor absoluto por el oficio.

P. ¿No tiene usted esa energía?

R. Me cuesta más trabajo cada vez renovarla. Pero no porque me haya cansado del oficio sino porque siento que el oficio se está acabando.

P. ¿Tan gravemente?

R. Sí, yo creo que tan gravemente. Creo que realmente ahora somos un poquito dinosaurios.

P. ¿¡Qué me dice!?

R. Yo cada vez tengo menos tiempo para leer. Y además cada día me fascina más la nueva tecnología. Me paso horas en Internet ¡porque es fascinante!

P. ¿Y eso nos convierte en dinosaurios?

R. Nos convierte en dinosaurios porque yo por lo menos escribo para la gente a la que le gusta leer. Nunca le he tomado el tiempo, pero me imagino que para leer un artículo mío una persona le tiene que dedicar una hora seguidita. ¿Quién hoy en día le dedica una hora seguida a un pinche artículo sobre América Latina que no le va a ser para nada?

P. Dice usted que el gran asunto es el narcotráfico. Pero los periodistas no lo pueden hacer. ¿Qué pasa?

R. Es fácil en cualquier guerra encontrar periodistas jóvenes y valientes, hombres y mujeres, que se lanzan a la primera trinchera del frente. "¡Yo voy, yo voy!" Se lanzan porque son jóvenes, porque están convencidos de que no les va a pasar nada, porque confían en tener la maña suficiente como para que no les pase nada, y porque saben por donde vienen las balas... En el narcotráfico tú te metes en un túnel negro y no sabes de dónde te van a disparar. Eso no es lo mismo. Encontrar al reportero valiente, o a la reportera valiente, para eso es muy complicado. Y no es justo que un editor lo exija. Esa es una parte del problema.

P. ¿Y la otra?

R. La otra parte del problema es que en América Latina, desgraciadamente, hay una larga tradición de corrupción. En México y en otros países se tiene que luchar contra elchayote famoso, el dinero que se le reparte cada mes al reportero de la fuente. Y si el narcotráfico es capaz de corromper a la INTERPOL en México, ¿cómo no va a corromper a un pobre periodista que gana ocho mil pesos al mes? ¿Cómo sobreviven los periodistas en el oficio? Esa es la pregunta realmente preocupante en América Latina. Una vez que tú puedes garantizarle la supervivencia económica a una periodista, puedes empezar a pedirle que arriesgue su supervivencia física.

P. O sea que también es una cuestión empresarial.

R. Es completamente empresarial. Además, si tú estás reporteando y tienes la más leve sospecha de que el jefe de sección de política no es que necesariamente simpatice con el narcotráfico, pero que va a tapar la nota para que no meterse en problemas, ¿para qué te arriesgas? Son muchos los niveles que impiden estructuralmente que el narcotráfico se reportee como es debido. Y, sin embargo, se hace bastante; algo sabemos de lo que quieren esconder.

P. ¿Qué ha tenido que pasar para que una gran periodista latinoamericana, quizá la más importante del mundo de habla española, diga que somos unos dinosaurios?

R. Lo que siempre pasa para que entre en extinción un oficio: una nueva tecnología que lo supera.

P. ¿Lo supera tanto como para dejarnos obsoletos?

R. Sí. En cuanto no haya una reacción fundamental en contra de todo lo sea Internet, sí, sí la va a superar. Mira: yo me subo todos los días al sitio de The New York Timesen Internet ¡y es una maravilla! ¿Qué soy yo? Soy una cronista que se ocupa de juntar palabras de manera que mis lectores tengan la sensación de haber estado en un lugar, de haber entendido algo importante y se hayan emocionado. Más o menos esa es mi ambición. Bueno, pues en una página del sitio del New York Times tienes la nota, tienes los links, y no necesariamente habrás pasado por un momento trascendental, pero en la misma hora o cuarenta minutos que le dedicas a un texto mío podrás haber elegido entre un menú multimedia muy seductor, muy inmediato, muy informativo, y a veces también muy conmovedor.

P. Pero leer produce una sensación mayor de información, de discernimiento. Discutes con el texto. Lo otro te convierte en un ser pasivo, ¿no?

R. No, no creo que Internet te convierta en un ser pasivo. Creo que viendo la televisión te conviertes en un ser totalmente pasivo. ¿Qué creo? Creo que la acción espiritual de leer, leer comprometidamente como leemos los de nuestra generación todavía y los muchachos a los que doy clase en la Universidad, es un acto espiritual, un acto de profunda comunicación a niveles que no son tangibles ni físicos entre la autora y el lector. Tú terminas un libro o un artículo en el cual te has metido profundamente y has creado otro mundo. Esa experiencia de lectura profunda no se reemplaza con nada. Quizá la gente se dé cuenta de eso en algún momento y redescubra la lectura.

P. O sea que por fin optimista.

R. No: anhelante.

P. Pero usted es de una raza periodística que ha vivido de la verificación, mientras que en Internet hay luces y sombras...

R. Absolutamente, nosotros hemos vivido armando mundos coherentes... Los muchachos tienen esas ganas de navegar (y navegar es la palabra exacta) por la red, navegar infinitamente. Un texto es una escultura, una vasija de barro, una cosa completa y encerrada en sí misma. Y eso seduce todavía a los muchachos en las clases que estoy dictando en la Universidad de Chicago. Y estos chicos a los que he enseñado hoy en el taller me han nombrado un montón de libros que yo no he leído y que ellos han leído con pasión. Visto eso a lo mejor sí estoy siendo demasiado pesimista... Pero, bueno, estamos en medio de esta crisis económica mundial, y esa crisis refuerza la de los medios y yo la resiento, la resiento porque estoy nadando en medio de ella.

P. ¿Cómo hemos llegado a esta crisis?

R. Sin saberlo, sin darnos cuenta, un día aporendimos a usar una computadora... Me acuerdo que escribí mi primer libro en una computadora con letras verdaes, iba clac, clac, clac..., iban apareciendo unas letritas verdes en una pantalla negra... Ninguno de nosotros fue capaz de imaginar lo que iba a pasar entonces. Creo que los medios se montaron muy tarde en el cambio, y eso fue lo que hizo que llegáramos a esta situación. Y otra cosa ha sido que, hasta donde yo entiendo, y no entiendo nada de plata, ningún medio ha sido capaz de aprender a vender en la red algo que los usuarios quieran comprar sin saltarse los anuncios... El día que se descubra eso los medios van a ser hipermillonarios y van a poder tener una cantidad de reporteros repartidos por el mundo, otra vez haciendo cobertura internacional.

P. La red ofrece un instrumento para navegar, pero no es el barco.

R. Cada día es más el barco, y yo no tengo la menor duda de que los periodistas jóvenes van a armar ese barco, le van a poner el velamen, le van a poner el figurón de proa, le van a poner los remos, le van a poner las velas y lo van a llevar adonde sea. No tengo la menor duda de eso.

P. O sea que su generación, que es también la de este periodista que le pregunta, va a tener que decir de veras adiós a Gutenberg del todo...

R. Es que es raro un novelista que produzca una gran obra después de haber cumplido los 60 años. Escasea. ¿Por qué no ha de suceder lo mismo con nosotros, los periodistas?

P. ¿Cómo se hizo usted periodista?

R. Por accidente, en 1978. Mi madre tenía un amigo que era periodista, editor deLatinamerican Newsletters. John Rettie. Necesitaba una persona que le enviara material, y me quiso convencer... Acabé diciéndole que sí. Y le enviaba un resumen de lo que leía en los periódicos... Seis meses más tarde vi en la televisión a un conjunto de gente dichosa en un lugar llamado Managua, acompañando a unos muchos guerrilleros... Acababan de canjear a sus presos encarcelados por la centena de reos que se habían tomado en el edificio del Congreso del dictador Anastasio Somoza. Me dije: "¡Quiero estar ahí mañana!" Pedí dinero prestado para el pasaje. ¡Queria estar ahí! El golpe de Estado de Pinochet en Chile me había deshecho el corazón, y cuando cinco años más tarde se produce esta cosa maravillosa yo me quiero subir al avión y verlo. Llamé a John para decirle que me iba a ausentar, y me preguntó por qué. Para que no se enojara le dije que porque unos periódicos y revistas muy importantes de México me lo habían pedido.

P. Era mentira.

R. Por supuesto. Y él se ofreció a pagar los gastos... Mis maestros fueron mis colegas, que se divirtieron mucho que no era ni siquiera novata sino una loca que había llegado ahí a querer aprender periodismo, o más bien cómo era eso de vivir una revolución haciendo periodismo. Todos los periodistas estaban en el único hotel moderno de Managua, el Intercontinental. Ahí estaba el corresponsal del New York Times de entonces en México, Alan Riding, a quien habían conocido por medio de John Rettie. Le dije: "Ayúdame porque no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo aquí". Alan me ayudó, me ayudaron los demás, me fui con la bola, tuve la suerte de llegar a un lugar donde había una bola de periodistas, y le hice la primera entrevista a Sergio Ramírez.

P. Ahí empezó todo.

R. Ahí empezó todo.

P. Y la historia de su trabajo parece una respuesta a Rettie: ha contado América Latina. ¿Qué hace el periodismo por contar que aquí además de problemas hay energía?

R. Una de las cosas que se han de hacer es empezar a vivirnos como latinoamericanos... Tenemos una lengua, una religión, grandes aspectos culturales en común, y hasta hace quince años yo diría que hemos vivido en perfecto aislamiento los unos de los otros, sin instituciones latinoamericanas. Entonces, ¿qué reivindico del Che a estas alturas? Que fue el primer latinoamericano, que se vivió a sí mismo como latinoamericano. ¿Cuántas instituciones latinoamericanas hay? Muy pocas. Creo que la Fundación de Nuevo Periodismo, de la que me enorgullece formar parte, es una de las primeras y de las más importantes instituciones latinoamericanas, porque tenemos talleres a los que acuden periodistas jóvenes de todos los países de América Latina, y conviven y se descubren a sí mismos como latinoamericanos. Eso a mi me parece maravilloso. Crear un periodismo latinoamericano empieza por ahí, por ser conscientes de que existimos como tal. De repente surgen medios latinoamericanos como El Gatopardo, que ha sido muy importante en ese sentido. EL PAÍS ya se puede leer en toda América Latina, porque es un medio iberoamericano... España va descubriendo América Latina como una zona con la que se puede dialogar y como una zona de renovación vital, me atrevo a decir, para una España que lleva demasiados años existiendo en la rutina.

P. Le decía a los estudiantes los errores que cometemos los periodistas. ¿Cuáles son los más graves?

R. El sentimentalismo, la condescendencia, la pobretería. Vamos a reportear siempre a los pobres porque ellos no tienen abogados, no nos van a montar una demanda por lo que digamos de ellos. Insisto en que deberíamos reportear a los ricos con la misma obstinación, pero no lo hacemos porque los ricos tienen poder. Otro error: confundir la denuncia con ser contestatario.

P. ¿Qué aprendió de este oficio, Alma?

R. Del oficio, no sé. Te cuento lo que he aprendido reporteando en este mundo en el que vivo. En América Latina la inmensa mayoría de la población es pobre, y yo por una simple cuestión de representatividad democrática le he dedicado treinta años a escribir sobre esa mayoría. La gente a la que yo he reporteado ha resultado siempre más mañosa, más capaz de sobrevivir, más llena de humor, más irreverente y más sagaz de lo que nosotros pensamos. No viven en la autocompasión, de manera que he intentado no escribir nunca buscando que mis lectores digan: "¡Ay, pobrecitos de los pobres!" Es una región muy vital, llena de gente absolutamente decidida a salir adelante.

P. Dentro de poco, 60 años. ¿Reportera para siempre?

R. De momento, jardinera para siempre. Yo ahorita tengo ganas de regresar a mi jardín... ¿Te acuerdas de ese momento final de Candide, de Voltaire? Candide se encuentra con su viejo amigo el doctor Pangloss y con su amada; después de haber pasado por todas las guerras, desastre, plagas y torturas, Voltaire hace decir a su personaje, Candide: "Y ahora, mis amigos, hay que ir a trabajar al jardín"...

P. ¿Y hemos sido felices en este oficio?

R. Insisto en que este oficio está muriendo porque no le veo alternativa, pero con eso no quiero decir nada patético... Cuando a mi me hagan la entrevista de los últimos de la especie quiero que quede claro que los que ejercimos este oficio vivimos muy felices, muy sabrosamente, que fuimos como Marco Polo, descubridores de nuevos mundos, y que el escribir, el reportear, el viajar, el comer tortas ahogadas en Jalisco y ostras y champán en París, caminar por paisajes que embelesan y conversar con la gente que más ha sufrido o que más alegría ha dado o que más nos ha inspirado a todos, presenciar los hechos que han conmovido al mundo y vivir, como los gatos, siete vidas en una sola..., todo eso ha sido un privilegio y una maravilla.

viernes, 16 de enero de 2009

¿YO TE TIRO LAS CAJAS Y TÚ ME TIRAS LOS CAJONES?

Un amigo me pregunta desde España ¿si los cubanos estamos en guerra en Miami?; si la situación que se vive en Cuba nos aproxima a un abismo; si lo que sucede es que estamos transitando por el subdesarrollo político que tanto daño ha hecho entre los hispanos... Rápidamente respondí, aunque me quedé pensando en las frases que a veces se repiten en los medios, es decir, "yo te tiro las cajas, tú me tiras los cajones”, tú eres... y le sigue una cadena de descalificaciones... Otros frases se resumen en aquello de "quien me busca me encuentra" y así pasan los días. Está claro que si continuamos por ese camino de descalificaciones, si convertimos la política en vernácula, esa que está ausente de argumentos y que se basa en una cultura que nace de la pobreza de argumentaciones para sustentar una opinión con claridad, ¡APAGA Y VÁMONOS! 

Con ese amigo, también preocupado por los excesos en España, comentábamos que al subdesarrollo político no le hace falta niveles, oscila desde el más humilde hasta el más encumbrado político, el proceso electoral en Estados Unidos nos dio una muestra de ello. Es tremendo ver que cuándo una persona quiere imponer la razón de su planteamiento apela a todos los claificativos posibles que en ese momento le vienen a la mente sin confirmar si son ciertos o no, todo vale. Cuando algún planteamiento tiene base real, comienza la descalificación del contrario, luego se distrae la atención del tema para no profundizar en el asunto importante y si es necesario se apela a la infamia, la difamación y la injuria. Y de esto nadie se salva. 

El arco iris es amplio y tiene muchos colores. Pero sólo se ven unos pocos matices, en ocasiones huérfanos de argumentos y cargados de resentimientos, que no tienen respeto por si mismo, ni por la opinión publica, ni por la política que representan. Desde que abrimos los ojos escuchamos opiniones destempladas, en las aulas, las aceras, la radio y la televisión, los medios de comunicación, en ciertas publicaciones por internet, en fin que andamos y desandamos en medio de la chabacanería y una ausencia de argumentos e información. 

Necesitamos construir un espacio para el debate con ideas y sin descalificaciones. Es indispensable lanzar la primera piedra, debemos de iniciar un movimiento de opinión hacia la racionalidad, deberíamos desmontar el doble estándar e imponer iniciativas de absoluto respeto a las ideas ajenas, incluyendo aquellas que nos son contrarias.

Dicen que el estilo hace al ser humano, ¿porqué no utilizar un estilo decente en mi comunicación con los demás, al momento de exponer o refutar un criterio? ¿Por qué llenar de epítetos al contrario, si lo que se pide es que se expongan ideas alternativas del asunto a tratar? Sí existen mil y una maneras de decir las cosas ¿por qué no decirla de la mejor manera? Gracias al periodismo he podido observar que para esa mejor manera es necesario tener talento, como dicen los mejores polemistas, y apuntan que para ser irónico hay que ser talentoso, una persona sin ningún talento no puede usar una ironía, porque su escasa formación no lo provee de más recursos que el insulto a mansalva. Creo que se hace necesario una imagen tan disímil como vemos en este medio, si deseamos una sociedad democrática, debemos de iniciarla colocando ladrillos que tengan en cuenta el uso del lenguaje y de la exposición de nuestras ideas.

Un amigo de otro amigo, es reconocido como un hombre decente. Y lo dicen por el uso que hace de la palabra oral y escrita. Hasta para expresar sus desacuerdos utiliza un elevado sentido de la decencia y la tolerancia. 

Todo se mueve con mucha rapidez, Miami no es un isla en Estados Unidos, podemos mejorar los debates, el intercambio de opiniones y contribuir a crear una cultura del debate que tanta falta nos hace, sobre todo en estos tiempos medio tiempo y urgencias. Desde Cuba nos gritan que nos dejemos de tantas descalificaciones y trabajemos por ayudar, con lo que cada uno pueda, a nuestra gente en la Isla.


Un abrazo,

Lissette Bustamante